La voluntad de evaluar
- Matilde Orlando

- 4 sept 2025
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El gran planteamiento filosófico nietzscheano busca, reconstruyendo el procedimiento a través del cual la norma se transforma en una disponibilidad interior al amansamiento social, responder a la pregunta sobre el estatuto de la obediencia. Estaría, como es sabido, en el marco confesional del cristianismo, desembocado luego en el dispositivo gubernamental moderno, la raíz del disciplinamiento. A la pregunta: “¿Por qué obedecemos?” Con Nietzsche podemos responder que la obediencia es el fruto de una operación antropológica secular y capilar de transformación del ser humano en rebaño.
Se debe, en cambio, a Michel Foucault la definición de neoliberalismo como arte de gobierno que abdica de la construcción de obediencia a través de la disciplina de los cuerpos a favor de una acción sobre el ambiente en el que se mueven los individuos y sobre las variables en juego. Lo que hace el neoliberalismo es gobernar indirectamente a través de la libertad limitándose a intervenir sobre los ambientes dentro de los cuales vive el homo oeconomicus. Ambientes, ça va sans dire, que no tienen nada de natural, sino que son detalladamente concebidos para poder funcionar como medio de gobierno. Obedecer no provendría de un correlato natural, ni sería tanto menos el correspondiente de la ley, sino el resultado de precisas dinámicas político-económicas. Gracias a Nietzsche y Foucault, pues, sabemos entonces que la obediencia se define como el resultado de precisas estrategias de gobierno.
Insertándose en un debate reciente, con un libro publicado en Francia - Évaluez-moi ! Évaluation au travail : les ressorts d’une fascination, Paris, Le Seuil, 2013 - Bénédicte Vidaillet intenta poner de relieve, de manera muy sugestiva, la coimplicación entre obediencia y libertad a partir de la cuestión de la evaluación. ¿Por qué nos dejamos evaluar tan dócilmente?
La operación de Vidaillet me parece muy cercana a la de Valeria Pinto, que solo un año antes, en 2012, en su Evaluar y castigar, con la intención de tejer una crítica al proceso de empresarialización de la universidad y de la escuela, analizaba la cultura de la evaluación a partir de la definición de neoliberalismo como “tecnología ambiental”. La evaluación en ese texto iluminador aparece como una tecnología o más aún un modo de existencia del actual gobierno neoliberal. En resumen, la forma en que se estructura hoy la obediencia es la evaluación; se gobiernan las conductas a través de la evaluación.
Vidaillet parte de las mismas premisas que sin embargo liquida rápidamente en las primeras páginas del texto, dando, en cierto modo por sentado, el estatuto neoliberal de la evaluación. Según Vidaillet, profesora de Psicología de la organización en la Universidad de París XII y psicóloga del trabajo, de hecho, el enfoque foucaultiano no logra satisfacer del todo el problema de nuestra necesidad de evaluación. Por esta razón trata de rastrear el origen (si es que existe) psicológico de la obediencia fragmentada en una hipertrofia evaluativa, una obsesiva exigencia de evaluar y ser evaluados.
Partamos de los hechos: la evaluación está en todas partes y en todos los lugares –así el inicio del libro–; en los últimos treinta años habría conquistado todas las funciones, todos los campos de la actividad y de la experiencia. Numerosa la literatura al respecto, numerosas las críticas hacia el uso excesivo en las organizaciones empresariales y de los «efectos globalmente nefastos y preocupantes»: costos, baja motivación, empeoramiento del ambiente laboral y de las prestaciones de trabajo, deterioro de la salud, tensiones y desintegración de los lazos sociales, enmascaramiento de resultados reales mediante una mala medición, simulación y estrategias de rodeo, inestabilidad permanente, una total incapacidad de proyección a largo plazo y más.
Si Pinto - Valutare e punire. Una critica della cultura della valutazione, Cronopio, Napoli 2012 - examinaba los procesos de evaluación en el ámbito de la investigación y de la enseñanza pública, Vidaillet utiliza materiales distintos: casos de estudio que ella misma ha realizado o dirigido. O bien estudios tomados de otros investigadores, sobre todo de sociología, como por ejemplo el de Belorgey sobre la gestión empresarial de un hospital o de Monchatre sobre las prácticas de evaluación en cadenas de hoteles. Observaciones derivadas de su práctica clínica; «ejemplos de todos los días», como el programa de cocina Masterchef, que demuestra eficazmente la promesa narcisista de la evaluación; documentales sobre el mundo del trabajo, en particular la serie de Jean-Robert Viallet, La Mise à mort du travail; casos de jurisprudencia.
A pesar de que, como emerge de la documentación examinada, la dimensión patógena de la evaluación sea unánimemente reconocida, se asiste al «extraño paradoja» por la cual la existencia y la legitimidad de la evaluación como tal nunca se pone radicalmente en discusión. Al contrario, hasta la crítica a la evaluación se convierte en pretexto para su mantenimiento y su refuerzo; en “un aún más” de evaluación, que suscita, como sugiere el título original, una penetrante “fascinación”. Encanto que recuerda cierto hechizo por el poder y por su potencia capaz de encuadrar, de normalizar y de penetrar en el espíritu de las subjetividades en el trabajo. En otros términos, la evaluación nos captura y envuelve.
Son fundamentalmente tres las preguntas de las que surge la investigación de Vidaillet: ¿por qué a pesar de los efectos deletéreos de la evaluación queremos intensificarla? ¿Qué hay detrás de la demanda de evaluación? ¿Cómo actúa sobre nosotros a nivel psíquico? Se trata de salir de una posición conspirativa según la cual sufriríamos la evaluación sin saberlo y a nuestro pesar, aceptándola pasivamente como una presión externa que se impone. De manera totalmente consciente, en cambio, existe una exigencia psíquica del sujeto de ser evaluado. Exigencia que el texto de Vidaillet se encarga de reconstruir en la convicción de que es necesario tomar en serio no tanto la evaluación en sí como «el deseo de someterse a ella» (Vidaillet 2013, p. 11), nuestra necesidad de ser evaluados. En suma, estaría en esta voluntad de evaluar el corazón del problema del desarrollo penetrante de la cultura de la evaluación.
Representada con la imagen de las sirenas de Ulises, la evaluación nos seduce con la promesa de resolver los que para Vidaillet representan los irresueltos ontológicos del ser humano: la carencia respecto a la propia esencia y la relación con el otro. A este propósito son convocadas la definición lacaniana del sujeto y del otro, un sujeto considerado por la no-completitud de sí y un otro que lo obliga a luchar contra la sensación de ser manipulado por algo que siempre se escapa al alcance.
La evaluación ofrece la ilusión de gestionar y colmar carencias: la falta de gratificación, de reconocimiento, donde en cambio desata envidia, rivalidad, y construye una demanda insana del otro, cerrado en una pura relación narcisista instrumental a la evaluación, medida de sí mismo, rival o modelo, elemento de competencia o de imitación. Detentador de algo –que para Lacan es el goce– a suprimir, controlar o apropiarse. En este sentido, diversamente de lo que prevé la lógica performativa, la evaluación no proporciona el necesario equilibrio psíquico: «Contribuye fuertemente a destruir nuestro deseo de trabajar, nuestra relación con el otro y con el ambiente de trabajo» (ibíd., p. 44).
La relación con la evaluación, por lo demás, es tan “íntima” que desde hace tiempo ha sobrepasado los confines del ámbito profesional, expandiéndose en la esfera social e invadiendo la alegría del consumidor, la satisfacción del usuario, el bienestar del paciente. Todos participamos en el gran juego de la evaluación: difícilmente desenredable, por lo tanto, la madeja en la que los roles de evaluado y evaluador se han mezclado irremediablemente. En esta especie de círculo vicioso en el que «cada uno tiene el derecho de evaluar al otro» (ibíd., p. 200) y de ser evaluado emerge como nodo crucial de la cuestión el poder de control, que lacanianamente para Vidaillet, produce goce.
La evaluación encarna una visión del mundo, una escatología, cuyo objetivo es inculcar los dogmas del neoliberalismo: «Con el pretexto de evaluar, se norman, se dirigen, se prescriben y se encuadran los comportamientos» (ibíd., p. 36). Con su «promesa de transparencia» (ibíd., p. 126) abriría una tecnología psíquica del gobierno de las vidas en la cual la justicia se alcanza a través de la eliminación de la incertidumbre y la imposición de un punto de vista absoluto y objetivo para el cual no sirven interpretaciones, sino solo evidencias objetivamente comprobables y cuantitativamente medibles.
En este sentido se trata de deconstruir la ideología de la evaluación para «hacer terminar el hechizo» y para comprender cómo, a través de las creencias sobre las que se apoya, el orden del discurso que predica y los dispositivos que difunde, logra hacernos aceptar la disposición a la servidumbre voluntaria: «Salir de la ideología de la evaluación significa hacer salir de sí mismos la ideología de la evaluación» (ibíd., p. 45). El problema de la obediencia aflora aquí claramente en toda su tensión, no obstante Vidaillet pierde la apuesta en la medida en que confiere al movimiento de salida de la jaula evaluativa el carácter de una decisión individual y de un distanciamiento exclusivamente psicológico.
Como escribe bien Francesca Coin en la posfacio del libro, esta administración de la evidencia –para usar las palabras de Pinto– es toda interna a la nueva razón del mundo que construye la obediencia justamente sobre la auto-vigilancia recíproca de los números: «Vidaillet no entra en el mérito de las políticas macro-económicas, ni en el mérito de la relación que estas tienen con la evaluación a partir del giro neoliberal iniciado a fines de los años setenta» (ibíd., p. 221).
Vidaillet entonces termina por olvidar a lo largo de su narración el origen económico-político de la psicodinámica del trabajo terminando por recaer en la astucia de la razón neoliberal, que ha logrado desresponsabilizar los procesos económicos y hacer recaer toda la responsabilidad sobre el individuo, dejándonos con «los síntomas y ese surreal sentido de eternidad del discurso neoliberal que no cesa de asomar entre las páginas» (ibíd., p. 223). Si es cierto que la evaluación hace emerger debilidades, frustraciones, oportunismos, las causas no pueden ser explicadas exclusivamente a través de un individualismo psíquico subjetivista que concentra la atención en la conducta individual y no toma en cuenta el factor social. Al hacerlo, el método psicoanalítico corre el riesgo de prestar el flanco a la lógica de la racionalidad neoliberal que desalfabetiza políticamente la sociedad y nos reduce a unidades hiperindividualizadas y potencialmente asociales.




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