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La trampa del MINDFULNESS

Últimamente está de moda: cursos de mindfulness –atención plena o conciencia plena– que enseñan a prestar atención al momento presente, de manera intencional y sin juzgarlo; observar pensamientos, emociones y sensaciones a medida que aparecen, sin reaccionar automáticamente ni rechazarlos.


Todo empieza en la década de los 70, cuando Jon Kabat-Zinn, desde la Universidad de Massachusetts, creó el programa de Reducción del Estrés Basada en Mindfulness (MBSR) para tratar dolor crónico, ansiedad y estrés. Hoy en día, el mindfulness funciona como herramienta terapéutica en programas para reducir ansiedad, depresión o mejorar la regulación emocional.

Aunque en las últimas décadas ha sido adaptado a contextos médicos, psicológicos, educativos y empresariales, en realidad el mindfulness es una práctica muy antigua, con origen en las tradiciones budistas de meditación.


En McMindfulness: How Mindfulness Became the New Capitalist Spirituality (2019), Ronald Purser sostiene que el mindfulness, en su versión occidentalizada, ha sido cooptado por el neoliberalismo y reducido a una tecnología de autoayuda individual que sirve más para la adaptación al sistema que para la transformación personal o social. Una técnica muy conveniente para la productividad, utilizada por muchas compañías –Google, Apple o incluso el ejército de EE. UU.– con el fin de mejorar concentración y resiliencia en el trabajo.


En lugar de preguntarse por qué estamos tan estresados (precariedad laboral, competitividad, sobrecarga digital, desigualdades), el mindfulness se limita a enseñar a “respirar mejor” para tolerar esas condiciones. El problema estructural –el ritmo de vida impuesto por el capitalismo, la explotación laboral, la alienación tecnológica– se invisibiliza. El mensaje implícito es: “No cambies el sistema, cambia tu actitud”. Se prefiere gestionar el malestar en vez de cuestionar su origen.


Separado completamente de su trasfondo budista –donde está ligado a un marco ético y comunitario (la compasión, el desapego, la búsqueda de la liberación del sufrimiento)– queda reducido a un entranamiento mental. Despojado de ese contexto, se vende como una herramienta neutral para reducir el estrés, aumentar la productividad y “vivir en el presente”.


Así, se convierte en una moda cultural: abundan las apps de meditación, los cursos de bienestar y los manuales de autoayuda que lo venden como fórmula de felicidad. Purser lo llama exotismo: se presenta como sabiduría oriental atemporal, cuando en realidad se adapta perfectamente al mercado global como producto de consumo. Como el McDonald’s: una fórmula “rápida, barata, estandarizada”.

Su apropiación actual lo vacía de cualquier sentido ético y comunitario, convirtiéndolo en un instrumento de autoajuste individual dentro de dinámicas sociales estresantes.


Las “tecnologías del yo”, en términos foucaultianos, esas técnicas mediante las cuales los individuos se gobiernan a sí mismos, se convierten en formas de autoexplotación: las personas se monitorizan, se corrigen, buscan ser más eficientes, más concentradas, siempre con el fin de rendir mejor en el trabajo.

En estos contextos, el objetivo no es liberar del sufrimiento, sino reducir el burnout y mejorar la capacidad de adaptación a la presión. Aprende a relajarte para luego producir mejor.


El mindfulness, en suma, funciona como una spirituality for sale que ayuda a soportar mejor las cadenas.


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