top of page

El trabajo obligado

Según la narración de los economistas del siglo XVIII, la grandeza del sistema capitalista consiste en haber liberado la riqueza de cualquier elemento objetivo y externo (el primero de todos, la tierra) y en haberla situado en el interior del ser humano. Mucho antes de la mistificadora revisión de los neoliberales de la segunda mitad del siglo XX, por lo tanto, la ecuación capital-trabajo-riqueza representaba ya un nudo gordiano de difícil solución. Karl Marx, que había intuido, con una lucidez que no deja de sorprender, las revolucionarias consecuencias de tal desplazamiento, dedicó toda su vida a construir su crítica de la economía política en torno a una sola categoría: la fuerza de trabajo. Al mismo tiempo, el trabajo en el capitalismo no posee ninguna determinación específica: es la más vacía, general y abstracta categoría que el pensamiento haya concebido jamás. […] Esta no es definible sino a través de una insatisfactoria tautología: «El trabajo como trabajo es trabajo» (Marx 1983, p. 319).


Con una operación auténticamente marxiana Roberto Ciccarelli, en su libro Capitale disumanoi. La vita nell'alternanza scuola-lavoro, continúa persiguiendo la fuerza de trabajo, llevándola fuera, en los lugares en que aparece y se muestra evidente su potencia. Si en el texto precedente, Fuerza de trabajo, se había dedicado a lo digital, en esta nueva investigación, que según admite el mismo Ciccarelli puede leerse sin solución de continuidad con la primera, se concentra en el mundo de la formación con una mirada privilegiada al universo de la escuela, en tiempos de la alternancia escuela-trabajo.

En el centro permanece siempre la categoría de fuerza de trabajo en cuanto eje imprescindible a partir del cual es posible imaginar (véase el apéndice sobre el ‘68) con los estudiantes, dentro y contra la escuela, una propuesta que dé vida a la producción de un nuevo espacio ético: «Este libro es un ejercicio ético para tomar distancia de lo que somos, abriéndonos a las posibilidades no aún determinadas por las verdades de alguien e impuestas a la vida de los demás, pero presentes en nuestro vivir juntos» (Ciccarelli 2018, p. 11). Las escuelas, hoy, se han transformado en sistemas profesionalizantes cuyo único fin no es tanto educar en una profesión, como inculcar el concepto de “empleabilidad”.


El modelo de la actual escuela-empresa se propone “criar generaciones” de fuerza de trabajo, educándolas en la disponibilidad para trabajar. En esta formación para el (auto)explotación, la alternancia escuela-trabajo representa exactamente la experiencia con la cual se manifestaría de manera evidente la tendencia primaria del capital. En repetidas ocasiones se analizan los vacíos jurídicos creados por «el nuevo experimento social, el más grande en la historia de la escuela italiana» (ibíd., p. 9), cuyo punto culminante se alcanzó precisamente con la Buona Scuola de Renzi (2015), gracias a la cual la idea de empresarialización de la escuela se consuma. Estas actividades y formas de prestación, que involucran a un millón y medio de estudiantes —de los que el libro ofrece ejemplos y estadísticas— permanecen en un espacio de anomia que introduce un importante problema de definición y categorización de las prestaciones: se va desde la pasantía a la práctica formativa hasta el verdadero y propio empleo.


A través de la experiencia de la alternancia escuela-trabajo sería posible para Ciccarelli describir la figura del trabajador contemporáneo: «En la sociedad de la plena ocupación precaria todos estamos en formación continua porque vagamos en los círculos de quienes buscan un trabajo y en esto han encontrado su ocupación. En el intervalo entre un trabajo y otro se multiplican las órdenes de estudiar, recalificarnos, inventarnos, aprender otro oficio, crear la empresa de nosotros mismos, aumentar nuestro capital humano» (ibíd., p. 9). Como demuestran las exigencias que ordenan desde los anuncios o desde las plazas, “buscar trabajo”, “querer un trabajo” significa simplemente estar dispuesto a hacer algo, ponerse al completo servicio de un capital. Trabajar, este movimiento obligado de tener que ceder el propio tiempo y la propia potencia, pierde incluso su significado social de actividad temporal, desmaterializándose en una experiencia moral de la existencia misma y trazando una curvatura ético-espiritual.


La atención de Ciccarelli se enfoca precisamente en la insistencia en la activación del sujeto, el cual, desde niño, aprende a autogestionar su propio capital humano a través de diferentes canales. Lo que aparece relevante no es el resultado, la obtención efectiva de un puesto, sino la demostración de ser infinitamente empleable respecto a cualquier tipo de ocupación. Más allá de la formulación del concepto de maleabilidad, flexibilidad —aspectos analizados en el libro— se trata de presuponer de entrada que la ocupación coincide con el prepararse para trabajar, con la “formación” para cualquier empleo posible y eventual, «ocasional, a término, contingente, intermitente, mal pagado» (ibíd., p. 63). En última instancia, por lo tanto, trabajar significa estar dispuesto a dejarse explotar. Se sigue, además, que la formación será siempre sin fin, puesto que responde a la necesidad misma del funcionamiento del capital de reclutar fuerzas, persuadiéndolas «a la obligatoriedad de la búsqueda del trabajo» (ibíd., p. 133).


Del mismo modo, Ciccarelli extrae la aleatoriedad y el impacto surreal que acompaña a la lógica de la formación-trabajo contemporánea, es decir, la competencia: «Paquetes de nociones “mixtas” y “transversales”, móviles y adaptables para afrontar situaciones cambiantes» (ibíd., p. 126). La competencia representaría una norma práctica cuyo contenido y significado cambian según la aplicación en las relaciones de trabajo y el uso en los distintos ámbitos de existencia; por este motivo es un concepto indefinible y escurridizo. En consecuencia, se produce una suerte de paradoja de la competencia. El sujeto será siempre carente de competencias porque no puede poseer de antemano, y por lo tanto a través de la formación, aquello que debe rendir bajo la forma de fuerza de trabajo en el mercado y que será reconocido solo posteriormente y verosímilmente después de un largo período de prestación gratuita de autoexplotación. Esta naturaleza contradictoria de la competencia representa la cifra de la subalternidad, de la subordinación, dice Ciccarelli, en la que vivimos todos.


Esta pedagogía del capital enseña no solo una ética del martirio, sino sobre todo una moral de la autoexplotación: «El objetivo es crear la mentalidad del empresario de sí mismo en competencia con los demás y experimentarla ya en las aulas escolares, perfeccionarla en las universidades, en las agencias de formación y de evaluación existentes en la llamada economía del conocimiento» (ibíd., p. 53). Este es un libro sobre Marx más allá de Marx, en el que se muestran tendencias y crisis, iluminando los lugares oscuros e impensables donde se tejen nuevas formas de explotación y de extracción gratuita de la riqueza. Por lo demás, el capitalismo hace esto continuamente: extiende la categoría del trabajo, que asume nuevos rostros, como el digital u otras formas híbridas e inéditas; un trabajo construido como un nuevo y sin embargo siempre idéntico vínculo entre explotado y explotador.

 

 

Entradas recientes

Ver todo
la economía moral del castigo

La economía moral del castigo Castigar. Una pasión contemporánea  de Didier Fassin. En el episodio “White Bear”, uno de los más logrados...

 
 
 
¡Enfademonos!

En el cuarto episodio de la miniserie  Maid  (Metzler, 2021) la protagonista, Alex, escribe en su diario: «Limpiar la casa de la gente...

 
 
 
La trampa del MINDFULNESS

Últimamente está de moda: cursos de mindfulness –atención plena o conciencia plena– que enseñan a prestar atención al momento presente,...

 
 
 

Comentarios


bottom of page