¡Enfademonos!
- Matilde Orlando

- 4 sept
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 9 sept
En el cuarto episodio de la miniserie Maid (Metzler, 2021) la protagonista, Alex, escribe en su diario: «Limpiar la casa de la gente significa pasar horas limpiando muebles con los que me pagaría la universidad, lavando parqués con los que me podría comprar una casa. Es difícil no querer sus cosas, su vida. No, querer es una palabra demasiado suave. Anhelar su vida». Una reflexión similar atraviesa también a los personajes de la película Parasite (Bong Joon-ho, 2019), en la que encontramos la misma polarización social, la misma visión dicotómica que hipostatiza al pobre en su condición de envidioso, frustrado por el deseo de revancha y envenenado por el rencor. Con una diferencia: mientras la familia coreana no puede evitar transformar el resentimiento en odio reactivo y violento, Alex logra convertir su “afecto resentido” en un sentir afirmativo y creativo. Alex reacciona, se re-levanta, cambia la realidad. Afirma la vida. Transforma, más precisamente, el resentimiento en rabia política.
Esta operación de reconversión, revalorización y reivindicación de la rabia como experiencia política constituye la tesis principal del último trabajo de la filósofa colombiana Laura Quintana, Rabia. Afectos, violencia, inmunidad (Herder 2021), indudablemente una de las pensadoras actualmente más interesantes en Sudamérica. El intento de Quintana, lo digo aquí en términos muy generales, es reubicar la rabia fuera del pensamiento dialéctico, que objetiviza las emociones en el maniqueísmo de las categorías (bueno-malo, justo-injusto, bello-feo, etc.). Tomando de Spinoza, Nietzsche, Deleuze, la rabia se enmarca dentro de la teoría de los afectos, repensada en una perspectiva vitalista.
Definir la rabia como afectividad significa resignificar el término afecto tomando distancia de la monopolización teórica que de éste han hecho el capitalismo y sus críticos. Efectivamente el pensamiento neoliberal concibe la rabia de dos modos: como sentimiento o emoción, en cualquier caso confinada en un espacio individual. Según Quintana esta lectura resulta reductiva en cuanto se refiere a una comprensión subjetivizante del sentir que aprisiona a la persona en su propia interioridad.
Cuando perdemos de vista que sentimientos y emociones tienen que ver con fuerzas producidas en el mundo social –exactamente lo que hacen las economías afectivas– comienza una operación de despolitización, patologización, psicologización de los afectos.
«Cuando hablo de afecto me refiero a fuerzas que actúan en el mundo social» (Quintana 2021, p. 29). Se trata de una tesis enteramente nietzscheana: el afecto es anterior al sujeto y creador de subjetividad. Es entendido como una fuerza que “se produce” en las relaciones concebidas como prácticas de reconfiguración y articulación de los cuerpos. Los afectos conciernen a lo que le sucede a un cuerpo, lo que el cuerpo siente en una dimensión relacional: dependemos del modo en que el cuerpo del otro “nos afecta”, de las múltiples formas “del ser afectados”.
El afecto, por lo tanto, está anclado a un orden del mundo, a la dimensión de la exterioridad, a lo que Quintana ha llamado previamente una política de los cuerpos (Quintana 2020). El encuadre de la rabia dentro del contexto afectivo-vitalista orienta el análisis según la brújula de lo que es vital o no para un cuerpo. «La rabia puede ser leída simplemente como afecto reactivo hacia un estado de cosas percibido como injusto […]. Y esta reacción puede manifestarse de diversas maneras: puede sentirse de forma solitaria y dar vida a formas de resentimiento (I); puede expresarse con otros en deseos de venganza (II), […] puede elaborarse colectivamente como lucha (III)» (Quintana 2021, pp. 302-303).
Quintana rastrea y analiza distintos planos de la rabia: el primero correspondería al solipsismo iracundo, ineficaz tanto desde el punto de vista práctico; el resentimiento es una herida purulenta, como diría Nietzsche.
El resentimiento negativo, regresivo, destructivo es producido por condiciones históricas y sociales que tienen que ver con las dinámicas competitivas y defensivas del capitalismo, con la temporalidad apretada del mercado, con la lógica inmunitaria del amigo-enemigo que ve riesgos, amenazas y víctimas por todas partes. El resentimiento está anclado a la impotencia alimentada por la idea de que “nada cambia”, fijado en el sufrimiento del agravio sufrido, de un pasado inmóvil que quema y pesa como algo que no se puede reelaborar. Sin embargo, nos recuerda Quintana, el resentimiento es una zona gris, habitado por diversos matices algunos de los cuales llevan a repensar el daño en la perspectiva del mérito: “Yo no merezco sufrir” constituye la primera afirmación de toma de conciencia de un cuerpo que no se cierra en la contemplación de su herida sino que asume una actitud de resistencia. Quintana aquí dialoga con el sobreviviente de la Shoah Jean Améry, que no invita a perdonar o a olvidar sino a aprender a convivir con las propias cicatrices y a interrogarlas sin cesar.
De hecho, desde el punto de vista etimológico “resentir” se parece a “resistir”: permanecer allí donde he sufrido negándome a olvidar según una lógica de la memoria que apunta a reconfigurar, a resignificar el daño y por lo tanto también el afecto. Hacer valer la experiencia del dolor no debe necesariamente conducir a una política de la venganza sino que puede organizar, estructurar una rabia digna. Se trata de una tesis muy fuerte sobre todo teniendo en cuenta el contexto (Colombia) en el cual se ubica la autora: una tierra que se afana por olvidar y por deshacerse de todas las incómodas verdades enterrándolas junto a su larga historia de violencia y guerra. Sin duda la memoria es también un lugar de conflicto y Quintana lo demuestra trayendo ejemplos concretos como las consecuencias político-afectivas del acuerdo de paz con las Farc (2016), la cuestión de las madres de Soacha.
Si volvemos a la expresión rabia digna aparecerá en cierto sentido como un ensamblaje teórico casi oxímoron. Cuando la rabia se convierte en lucha se cruza inmediatamente con la condena unánime hacia cualquier acto de protesta no pacífico y su inmediato señalamiento como violencia (y en consecuencia su invalidación). Esta fácil ecuación rabia = vándalosrepresenta la cómoda vía de escape de la narración neoliberal que admite exclusivamente una participación pacata, imparcial, distante, racional, des-afectada. En la defensa de una dócil racionalidad está contenida buena parte de la ceguera de filósofos e intelectuales. Inmediata, aquí, la referencia a las protestas que incendiaron a Colombia en mayo de 2021.
La posición “anti-rabia” por un lado no tiene en cuenta el contexto social, político y económico dentro del cual ésta se produce y por el otro aspira a un ambiente político incontaminado que no solo no puede existir sino que no debería ser siquiera deseable.
Y esta aspiración aparece contradictoria especialmente en Colombia, donde las formas de conflicto (micro y macro) que aquejan a los cuerpos y sus experiencias desde 1964 han creado una suerte de insensibilidad selectiva, de anestesia frente a la violencia. Sería más honesto, afirma la autora, adoptar el término anti-violencia, superando así cualquier tipo de dicotomía axiomática y normativizante y mostrando las tensiones y los matices. ¿Pero entonces tenemos derecho a enfadarnos? Sí: si se trata de una rabia organizada que crea una política emancipatoria, afirmativa, transformadora, colectiva, solidaria. Quintana nombra esta rabia de dos modos: poética y política, dos términos de hecho intercambiables en cuanto la rabia política es siempre poética (y viceversa). La rabia política rompe con el consensualismo, es decir, con el totalitarismo de lo real que niega experiencias otras, nuevas formas de ser y que limita al cuerpo en sus virtualidades. La rabia política, en este sentido, señala una revolución estética.
A través de una escritura situada en la urgencia del hoy, no inmunitaria, a veces intimista a veces erudita el libro de Quintana acumula capas de experiencias heterocrónicas, constelaciones de varios registros, tanto personales como literarios en un continuo diálogo con la situación actual colombiana. Un libro que hace hablar muchas voces, en el que los filósofos interpelan a los rostros del feminismo interseccional o de personas (los taxistas bogotanos) que difícilmente se encuentran en la escritura académica. Quintana logra dar vida a un pensamiento “afectado”, a una filosofía que se enfada y que renueva la invitación a levantarse frente a las injusticias reiteradas. Parafraseando a Foucault: nos enfadamos, es un hecho.




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