La interioridad de lo fuera
- Matilde Orlando

- 4 sept
- 6 Min. de lectura
«¿Qué significa pensar en un mundo que se va haciendo —si no se ha hecho ya— uno?». Con esta pregunta Sandro Chignola introduce su recopilación de ensayos, Da dentro. Biopolítica, bioeconomía, Italian Theory (DeriveApprodi, Roma 2018), que representa, según su propia afirmación, la demostración de la continuidad teórico-política de su trabajo. Se trata en su mayoría de seminarios, congresos o clases impartidas en diferentes lugares de Europa y en Sudamérica —en particular Brasil y Argentina— no del todo inéditos porque a menudo ya publicados en otras lenguas.
Por más que los artículos puedan leerse en orden disperso y de manera independiente unos de otros, es posible rastrear al menos tres temas recurrentes que funcionan como hilo conductor: de los nueve ensayos presentes, dos están dedicados al debate sobre la Italian Theory, tres se ocupan de la discusión en torno al “fin del Estado”, y los restantes se enfocan en el nexo política y vida en un rítmico cuerpo a cuerpo con algunos interlocutores privilegiados: Toni Negri, Roberto Esposito, Giorgio Agamben.
No por casualidad, el mismo título del libro parece hacer eco a un ensayo reciente de Esposito, Desde fuera. Una filosofía para Europa, en el que Esposito se proponía llevar adelante, partiendo del supuesto de que «siempre es el exterior el que ilumina el interior» (Esposito 2017, p. 17), una nueva reflexión teórica “sobre” y “para” Europa desde un punto de vista “externo”.
Lo que parece inmediatamente claro es que el uso de esta categoría de “fuera” concebida por Esposito para responder a la aniquilación actual del pensamiento es utilizada por Chignola en un sentido completamente opuesto. Y esto porque, como Chignola, a la manera de Negri, afirma desde la primera página y lo reitera hasta la última, este mundo simplemente «ya no tiene un fuera». Nos encontramos, más bien, frente a un cierto “hacerse dentro” del mundo que puede declinarse en dirección no solo económica y política, sino también, como veremos en breve, filosófica.
¿Por qué no hay fuera? Porque estamos ante un «doble proceso de unificación» (Chignola 2018, p. 7). Presupuesto general de los análisis de Chignola es la convicción de que el proceso del “hacerse mundo del capital”, ya completamente cumplido, se ha entrelazado inexorablemente con el problema de la vida. Este proceso de desaparición del fuera tendría, en suma, un nombre: biopolítica.
El actual sistema de acumulación capitalista, extendido ahora a todo el espacio posible, avanza a la par de la metamorfosis biopolítica del poder, hacia una operación de total puesta en valor o capitalización de la vida. Muy fuerte aquí la deuda evidentemente con Foucault, referencia constante, utilizada casi quirúrgicamente en todos los ensayos, muchos de los cuales se proponen indagar, justamente, la naturaleza de este pasaje fundamental, desde distintas perspectivas: en el plano médico, penal, tecnológico, militar.
Del mismo modo, la discusión biopolítica no puede prescindir de un trabajo profundo e impostergable sobre la crisis y la transformación de la estatalidad contemporánea. Chignola argumenta analíticamente y de manera pormenorizada la reconfiguración del estatuto de lo político, tejiendo una verdadera «fenomenología de una progresiva marginación del Estado» (ivi, p. 62). El proceso de desconstitucionalización, desoberanización, desterritorialización, ya descrito por Foucault, recibe hoy el nombre de governance. Chignola describe perfectamente este proceso: en los diversos ensayos seguimos esta operación de reorganización global del poder en dirección técnico-administrativa que redibuja problemáticamente la relación entre política, ciudadanía, territorio, soberanía y vida.
A este programa de globalización política y económica, que habría sancionado el fin del fuera, se añadiría, según Chignola, un tercero. También el pensamiento filosófico, o por lo menos cierta filosofía político-crítica, se vería investido, de algún modo, por una deriva que impondría el empleo de los mismos cánones, criterios, categorías, conceptos e incluso autores para explorar los mecanismos gubernamentales actuales. Y esto aparece, por lo demás, avalado por la trayectoria geográfica del propio libro que, aun reuniendo conferencias discutidas en espacios tan distantes entre sí, no puede dejar de ocultar una general y difundida homogeneización del debate filosófico contemporáneo. A lo que se asiste entonces sería una completa y total uniformación del mundo a la que correspondería una igualmente total tendencia a la unificación de tradiciones de pensamiento.
Esto explica el motivo por el cual Chignola no considera adecuado ni apoyar, ni mucho menos pertenecer, a la llamada Italian Theory o Italian Thought, hacia la cual no escatima un juicio severo: etiqueta aplicada retrospectivamente a prácticas políticas y militantes de cierta Italia de los años 70-80; tradición artificial que defiende una indefendible idea nacionalista (aunque en el sentido atenuado de cultura nacional). Coherentemente con lo dicho antes, por lo demás, la filosofía política no puede expresar un estilo o un uso local, no defiende una especificidad determinada a través de márgenes; al contrario, fractura cotidianamente estos límites mostrando (una vez más) el hacerse globo, el hacerse uno, del pensamiento (también del pensamiento crítico). En cierto modo, parece sugerir Chignola, el Agamben leído en Argentina no sería el síntoma de una “italianización” o de un proceso de italianización de la filosofía en Sudamérica. Se lee a Agamben, es decir, no en cuanto italiano sino porque pone en el centro cuestiones y temáticas mundiales, mundializadas, más-allá-de-Italia, más-allá-de-Europa.
La disolución del fuera afectaría, entonces, también al pensamiento así como a la legitimidad de una separación geográfica, temporal, espacial y simbólica del maniqueo binomio dentro-fuera. En este sentido, el punto crucial de la discusión reside precisamente en que es la misma idea de dentro y fuera la que salta por los aires, así como la de una Europa, y en este punto puede notarse la fricción con Esposito, entendida como espacio físico y onto-filosófico privilegiado del pensamiento.
Sin duda, esta —si puede llamarse así— razón positiva de la globalización, que habría incluido incluso el pensamiento crítico de una filosofía que piensa no ya localmente sino solo globalmente el “hacerse uno del globo”, esta reivindicada interioridad de la filosofía, resulta en cierto punto problemática. Y lo es precisamente porque la “ausencia de fuera” no corresponde nunca, para Chignola, a una rendición. Al contrario, este dentro sin ya un fuera se configura como el espacio desde el cual es posible recomenzar a pensar y a luchar. En lugar de mirarnos desde fuera, Chignola prefiere, negrerianamente, estar “dentro y contra”. Lo escribe sin demasiados rodeos: «porque si un fuera de los juegos de poder no existe y no ha existido nunca, mucho menos puede darse ahora cuando sus algoritmos trazan ininterrumpidamente nuestras existencias» (ivi, p. 150), ergo «de estos procesos no es dado declararse “fuera”» (ivi, p. 6).
Hay que comenzar entonces a hacer filosofía partiendo de esta posición de internamiento, esta posición interna, en la que estamos de todos modos, a nuestro pesar, adscritos, y de la que no podemos escapar, dado que no existe un lugar “pacificado” y liberado de la red de tensiones, fricciones y resistencias que el dispositivo biopolítico-gubernamental ha producido y produce constantemente. Chignola se muestra el mejor discípulo de Foucault: hacer filosofía significa tomar posición. Todo pensamiento equivale, por tanto, a un posicionamiento político que no puede negar su «interioridad al mundo, solo puede ayudar a alinearse, no ciertamente pretender describir, criticar, asir la realidad desde una imposible posición externa respecto de las cosas» (ivi, p. 8). Evidente en este punto, una vez más, la herencia de Foucault, en torno a la pertenencia como reivindicación del papel político de la filosofía y del filósofo, que debe colocarse en el “campo de la inmanencia de lo real” en una mirada sagital hacia la actualidad.
Este posicionarse se configura también como demostración inevitable de cierta ubicación, no solo política, sino también geográfica, espacial y temporal: se reflexiona siempre a partir de un cierto lugar que no es cualquiera, sino que es el objeto mismo de la indagación. Se piensa directamente desde este dentro, por lo tanto, al mismo tiempo, espacio y objeto de la investigación filosófica. Sería esta, entonces, la «doble interioridad» (ivi, p. 6) reivindicada por el libro: la posición interna de un no-fuera.
Puede notarse, además, la afirmación de la intrínseca politicidad de la filosofía, de la cual es necesario derivar una “política de la filosofía” entendida no en el sentido objetivo sino subjetivo del genitivo: «como forma de la responsabilidad política de la filosofía» (ivi, p. 113). Una responsabilidad que, rompiendo con la clásica división teoría-praxis, se configura como un «estar en el mundo de la filosofía» (ivi, p. 13) entendida como forma de relacionarse con el mundo, “práctica situada”. La única filosofía posible, entonces, advierte Chignola, aparece como la que se hace estilo de pensamiento, en el sentido de actitud experimental del trabajo teórico posicionado en el plano inmanente de nuestra actualidad.
Nuestra doble tarea sería, por tanto, al mismo tiempo pensar el presente asumiendo «la responsabilidad de la libertad que somos» (ivi, p. 69), e inventarnos un futuro, es decir, nuevos mecanismos de subjetivación, nuevas “formas de vida” fuera de la máquina desgastada y obsoleta de la representación y de la soberanía. Esta política constituyente encaminada no a desaplicar el derecho sino a inventarlo de otro modo, «el propio derecho a tener de otro modo el derecho» (ivi, p. 171), estructura el nuevo terreno de batalla de un sujeto concebido como un “atravesamiento de fronteras”, sin fuera y sin márgenes, una serie continua de «dis-posiciones inmanentes que atraviesan el campo histórico» (ivi, p. 182).
Del libro de Chignola resulta, por tanto, que la desaparición del fuera no corresponde a un acontecimiento negativo, ni mucho menos dramático. Paradójicamente es precisamente la desaparición del fuera la que abre al acontecimiento. Como sugiere su texto, en definitiva, desde dentro debemos ubicarnos y en este dentro debemos permanecer orgullosamente, reivindicando la urgencia y la necesidad de una filosofía militante, intrínsecamente política-radicalmente ética.




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