Noviembre - la contrahistoria del palacio de justicia
- Matilde Orlando

- 10 nov
- 3 Min. de lectura
Exactamente un día como este (6 de noviembre), hace cuarenta años, ocurrió en Bogotá la toma del Palacio de Justicia por parte del grupo guerrillero M-19 y la posterior operación militar de las Fuerzas Armadas y de seguridad del Estado para retomar su control.
Esta es una historia que no me pertenece, y que ustedes conocen mejor que yo, porque de alguna manera está inscrita en la memoria, en la piel y en los ojos de varias generaciones de colombianos. Me acerco a este acontecimiento con cuidado y con todo el respeto del que soy capaz.
He visto la película Noviembre, del director Tomás Corredor y confieso que me tomé un mes para digerirla: la película describe, de manera perfectamente angustiante, las veintiocho horas que duró el enfrentamiento, durante las cuales murieron centenares de personas —magistrados, empleados, contratistas, visitantes— y un gran número de desaparecidos. Todavía hoy las cifras son inciertas.
La película adopta una perspectiva singular: nos introduce en el baño donde se refugiaron los rehenes y algunos jefes del grupo guerrillero, y nos hace vivir, sentir, durante setenta y cinco minutos, la angustia de quienes vieron literalmente desmoronarse su presente.
Me parece profundamente interesante esta mirada de la historia: el ojo de la cámara que convierte a los espectadores en participantes de un dolor colectivo. Esta mirada permite salir de la postura polarizada —de quién tiene la razón, de quién posee la verdad— para mostrar un punto de vista diferente: el de la víctima; darle espacio, darle voz, a quienes con demasiada frecuencia son invisibilizados detrás del ruido de las bombas o de los discursos políticos que se reparten culpas, justifican gestos o repiten “paz” y “justicia” como si fueran simples slogans.
En varias ocasiones Michel Foucault afirmó que la verdadera tarea del intelectual, del historiador o del filósofo no es hablar por quienes no tienen voz, porque hablar por otros puede ser una forma de poder: implica situarse como portavoz, convertirse en quien traduce lo que el otro quiere decir. Pero está claro: lo que el otro quiere decir no lo sabremos nunca. Toda traducción es, de alguna manera, una traición.Quien quiere contar una historia no debe “dar la palabra” a quienes no la tienen, sino crear las condiciones para que puedan hablar por sí mismos.
Esa me parece precisamente la intención del director: no decidir quién puede hablar; no jerarquizar las palabras, ni producir una verdad que pretenda ser objetiva y universal. Su mirada ilumina lo que suele quedar oculto: lo marginal, lo invisible, lo lateral. No “da voz”, sino que ayuda a desenterrar las condiciones del silencio.
Por eso el baño —ese espacio simbólicamente marginal— se convierte en el escenario protagonista. Toda la verdadera historia no se desarrolla afuera, en la plaza o en los comunicados oficiales, sino allí, en ese espacio reducido donde se condensan el miedo, la espera y la humanidad de los cuerpos.
La película nos muestra que la verdad no es un relato lineal ni único, sino un discurso discontinuo y contradictorio, una contrahistoria, en el sentido foucaultiano: “la historia que se cuenta desde abajo, desde los vencidos, desde aquellos cuya memoria fue borrada por los mecanismos del poder.”
Por eso creo que esta película es tan potente: porque nos confronta con la pregunta esencial de Foucault —¿por qué no pueden hablar?—.La preocupación del director no es representar un episodio terrible de la historia colombiana, sino desestabilizar los discursos que legitiman la invisibilización.Construir las condiciones para que quien no tiene rostro pueda convertirse en protagonista de su propia historia, y no en un número dentro de la contabilidad de los muertos, me parece la forma más profunda de justicia posible.
"La historia efectiva mira más cerca -- sobre el cuerpo. No tiene miedo de mirar bajo; pero mira alto – sumergiéndose para captar las perspectivas, desplegar las dispersiones y las diferencias, dejar a cada cosa su medida y su intensidad", Michel Foucault - Nietzsche, la genealogia, la historia




Comentarios