La Macondo de Disney
- Matilde Orlando

- 4 sept
- 6 Min. de lectura
La noche del siete de diciembre, víspera de la Inmaculada Concepción, en Colombia se celebra la noche de las velitas, una curiosa tradición en la que la gente se reúne en la calle, en los parques, en los centros comerciales o en casa para encender velas de colores. Permanecer en adoración de la vela, observarla en toda su caducidad con la esperanza de que el deseo expresado no sea tan efímero como la llama que arde, es lo que impregna esta celebración de realismo mágico. En torno a la vela se conmemoran la Luz, la familia, la casa, la paz, la tradición, todos elementos profundamente arraigados en la sociedad colombiana y plásticamente descritos en Encanto (2021). Encanto es, ante todo, un gran homenaje a Colombia.
Como en toda película de Disney, las claves de lectura pueden ser múltiples. Cualquier nivel de interpretación, sin embargo, no puede prescindir del lugar en el que se desarrolla la representación. La insistencia con la que se menciona la ambientación, de manera casi monótona, por los cuidadosísimos detalles, hace pensar que la verdadera protagonista es Colombia (nada se deja al azar: desde la vestimenta, la comida, la arquitectura, la fisonomía de los personajes, las músicas, los paisajes, las flores y los animales). Por primera vez en la gran pantalla, y por parte de un gigante del entretenimiento cinematográfico, Colombia es narrada de una manera no sensacionalista, no sangrienta, no pietista, no asociada a fáciles estereotipos. Por primera vez, de una manera divertida, exótica pero con una mirada no colonial, se hace visible la belleza de la biodiversidad colombiana; un país con una historia natural y cultural compleja, a veces exuberante y desmesurada. La película reivindica la identidad colombiana que resuena en las referencias ni siquiera tan veladas a la familia Buendía de Cien años de soledad. En la estela de la obra maestra de Márquez, se despliegan algunos temas recurrentes del realismo mágico, sabiamente conjugados con la actualidad de fenómenos en su mayoría dejados al margen de la agenda pública.
La trama de Encanto se desarrolla, de hecho, en torno a una vela que tiene el poder de distribuir magia (sería mejor decir encanto) a los miembros de la familia Madrigal. La vela representa el pilar fundante del pueblo encantado, así como la fuente renovable de energía mágica; fuerza gracias a la cual la comunidad de desplazados puede reconstruir una sociedad pacífica protegida por el abrazo de los cerros. Refugio y brújula, las montañas hacen de escudo, protegen la magia, tienen el don de salvar, así como en muchas ocasiones la aspereza de los lugares, y no el Estado, ha garantizado la supervivencia de su gente.
Sobre este antecedente se desarrollan las vicisitudes de la familia Madrigal, en los hechos una familia de refugiados víctima del conflicto armado. En esta premisa se muestra sin decir (show don’t tell) la catástrofe humanitaria de los desplazamientos, los desplazamientos internos coactos, nacida en el marco de las heterogéneas y fragmentarias dinámicas de los conflictos armados en regiones como Nariño, Chocó, Cauca y Valle del Cauca. Se calcula que, desde el acuerdo de paz con las FARC de 2016 hasta hoy, más de 500.000 personas han sido desplazadas, un promedio de casi 150.000 personas al año. Más en general, desde 1985, según el Registro Único de Víctimas, son 9 millones las víctimas del conflicto armado.
A diferencia de otros países en los que el desplazamiento está asociado a hechos de guerra puntuales que ocurren en tiempos relativamente breves e intensos, en Colombia se trata de un modelo interpretativo recurrente y constitutivo del país. Un fenómeno de larga duración en el que las víctimas no pertenecen a una etnia, religión o grupo social específico; en el que los actores en juego son variados entre guerrillas, paramilitares, autodefensas locales, fuerzas de seguridad estatales, delincuencia organizada, carteles de la droga, bandas y milicias; en el que las causas son diversas: presión por la tierra, intereses en torno a megaproyectos del Estado, lucha por el control de las zonas ricas en metales preciosos, recursos energéticos, petróleo o cocaína. Difícil entender la gramática de un conflicto armado atravesado, desde hace más de sesenta años, por procesos masivos, extensivos y a menudo ininteligibles.
Lo que queda impreso en la memoria individual y colectiva de los colombianos es la narración persistente de una violencia inmunda: asesinatos en masa, masacres, secuestros, expropiaciones, violaciones y vulneraciones sistemáticas de derechos humanos. Aun permaneciendo en segundo plano, las vicisitudes de los desplazados y de la urbanización coacta (los desplazamientos constituyen el eje de la conformación territorial del país) son sacadas a la luz en la película, si bien edulcoradas a la manera Disney, y encarnan la razón de ser de la magia de la casa y de los miembros de la familia. Sobre la casa y por lo tanto sobre la vela se funda la nueva vida de la familia Madrigal, imagen del renacimiento pero también campo de batalla, al mismo tiempo lugar de conflicto y del happy ending.
No solo eso: curiosamente en la trama de Encanto falta un antagonista externo y asistimos a un conflicto exclusivamente intrafamiliar e intergeneracional. Considerado el eslabón débil de la trama, este aspecto no debería subestimarse por dos razones. La primera es que en una tierra anestesiada por la violencia como Colombia, el enemigo es difuso, plural, omnipresente, en todas partes: constituye el marco dentro del cual cada colombiano organiza su vida. El enemigo de Encanto aparece en su ausencia en cuanto premisa que hace que los hechos ocurran. El enemigo está permanentemente ante los ojos de la abuela, obsesionada por la posibilidad de que la magia pueda agotarse y que se pueda revivir la pesadilla del pre-encanto. Para la abuela el enemigo es el terror de la normalidad; porque normalidad significa huida, muerte, miedo. Al margen de las visiones del tío Bruno, la vela mágica para la abuela siempre amenazará con apagarse.
La segunda razón es que focalizarse en el drama doméstico (como de hecho hacen las tan amadas telenovelas) puede leerse como el intento de representar la metáfora de una Nación caracterizada por la ausencia de sociedad e impregnada de individualismo despolitizado. Los miembros de la familia Madrigal sufren una soledad indecible, encerrados en el solipsismo de su don, condenados a su puerta y a vivir encerrados en sus habitaciones (pensemos en cuando Maribelle va a visitar a Isabella y la vemos sola y desconsolada, inmersa en un mar de flores). Pervadidos por la angustia de tener que superar las expectativas, permanentemente en competencia consigo mismos, obligados a adherir a su propio rol, en cualquier caso nunca lo suficientemente (como canta Luisa), los personajes están condenados al olvido.
En primer lugar, hacia su propio pasado; la abuela en la orilla del río lo dice claramente: lamenta haber olvidado, haber dejado de lado el dolor, el rencor y quizá también la rabia por la pérdida del marido. El olvido se ha convertido para Alma, así como para los colombianos, en la vacuna para la supervivencia. En segundo lugar, olvido hacia su propio presente; hacia cualquier sentimiento de comunidad: en el egoísmo de los personajes, poco espacio queda para el compartir, aunque fuera solo el propio estado de ánimo. El sentido de comunidad renace, sin embargo, hacia el final cuando la protagonista intuye tanto la inutilidad del don, que no salva de la realidad, como la peligrosidad de la manía de ser especiales, que hace vivir de manera inconsciente. La casa no se reconstruye a través de la magia, sino gracias a la colaboración y la cooperación de todos. Entonces también la gente anónima e infantilizada del pueblo toma forma y todos comparten el peso de las responsabilidades. La crisis de identidad de la familia Madrigal se disuelve, por lo tanto, gracias al sentimiento de pertenencia a la comunidad.
Los personajes se escuchan, se abrazan. La vela se vuelve a encender. Se trata de un mensaje potente, sobre todo a la luz de la actual coyuntura histórica en la que la fragilidad política, la virtualidad del derecho, la debilidad democrática, la corrupción, la abismal desigualdad social y la disparidad económica multiplican las condiciones de exclusión, intolerancia, rabia y represión y están deshilachando el tejido social colombiano. Encanto nos deja con una nota positiva: todo lo que se destruye puede ser sanado por el abrazo del otro. Y Colombia tiene los dones (mágicos y no) para levantarse, posee todo el encanto para resistir.




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