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la importancia del diálogo

Mi eslogan, que repito en cada filoparche, es: “aquí lo preguntamos todo, aquí lo cuestionamos todo”. Necesitamos construir espacios antidogmáticos donde nos permitamos discutir sin tabúes: la ética, la felicidad, el sentido de la vida y de la muerte, la espiritualidad y la religión, la raza y el género, la salud y el sexo, la naturaleza y la ciencia, la comunicación multicultural, la tecnología, el poder y la política, la libertad, la igualdad y la justicia, la paz.Absolutamente todo. No hay tabúes.

¿Cómo se hace? A través del diálogo.

La etimología de la palabra diálogo es muy hermosa: proviene del griego dia, que significa “entre, a través de”, y logos, que puede significar discurso, pensamiento o racionalidad. El diálogo, entonces, es “a través de la palabra”. Desde su origen, la palabra lleva consigo la idea de movimiento, de circulación: un flujo de pensamientos e ideas en constante tránsito.

Si tuviera que usar una metáfora, el diálogo sería como construir un puente sobre un río de palabras, ideas y significados que fluyen dentro de nosotros (porque dialogamos con nosotros mismos continuamente) y entre las personas. El río siempre está ahí, porque somos palabras, y el puente nos permite atravesarlas, comprenderlas, renovarlas y construir nuevos sentidos de nosotros mismos y del otro.

Por eso el diálogo se diferencia de una charla, de un monólogo, de una ponencia o de un debate: porque busca el encuentro con el otro, la relación, la creación en común, la investigación compartida. Su objetivo principal no es vencer, sino entender la perspectiva ajena, expandir la comprensión y buscar puntos de conexión. El diálogo se centra en la apertura, la escucha y el aprendizaje mutuo.

El espíritu del diálogo no es egoísta. No se trata de hacer prevalecer una postura, de dominar o imponer. En un diálogo estamos jugando con el otro. Y esto no significa llegar a un consenso, uniformar el pensamiento o establecer una verdad absoluta; al contrario, significa enriquecerse mutuamente desde la diferencia, nutrirse de distintos ríos.

El diálogo es flexible, abierto y, a diferencia del debate, no gira en torno a la victoria del mejor argumento. Es también una herramienta educativa poderosa, porque se aprende a dialogar dialogando, casi sin darse cuenta: poco a poco adquirimos el hábito de comunicarnos mejor, sin gritar, sin dominar, sin imponernos. Nos autorregulamos, nos autodisciplinamos, hasta el punto en que ya no hace falta ni la dragoncita ni la figura de la moderadora.

Lo he visto muchas veces: adultos que estaban desacostumbrados a hablar sin prejuicios ni ofensas, a compartir sin desconfianza, a expresar con sinceridad, a dialogar sin posturas ideológicas rígidas y polarizadas, poco a poco toman conciencia de sus malos hábitos de pensamiento y comienzan a deconstruirse.

Y esto es especialmente urgente en Colombia, donde asistimos a una polarización casi maniquea: donde el otro es visto por defecto como una amenaza, donde prevalece el afán de “tener la razón” e imponerse, donde pensar diferente convierte al otro en enemigo a cancelar o eliminar. Por eso necesitamos resignificar positivamente la palabra diálogo, incluso si incluye conflicto.

Porque el conflicto —el pólemos del que hablaba Heráclito— no es necesariamente negativo: puede ser la madre de las diferencias, no de la guerra. No hay que temerle a la discrepancia, al desacuerdo, a la mirada distinta. Al contrario: es de la polémica y de la diferencia de donde aprendemos, crecemos y progresamos.

El diálogo valora la diferencia, se nutre del conflicto, se enciende con la chispa apasionada de quien se involucra de lleno en sus ideas. Se vale apasionarse, emocionarse, equivocarse, pedir disculpas, arrepentirse y replantear lo dicho. Siempre, por supuesto, respetando la identidad y la dignidad del otro.

En un diálogo somos todos iguales y, al mismo tiempo, todos diferentes.En un diálogo se produce una reconfiguración: un reconocimiento de las jaulas mentales en las que vivimos.

Pienso aquí en las palabras de José Barrientos y su labor en filosofía experiencial, y concluyo: no siempre hay que ir a la prisión para trabajar con presos.

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