Filosofar sin pedestal: una defensa del pensar cotidiano
- Matilde Orlando

- 16 ago
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 29 ago
Filosofar no es acumular teorías: es practicar una forma de atención. Cuando decimos “Filoparchar” nombramos ese gesto: abrir un espacio donde pensar deje de ser una actividad solitaria y vuelva a ser experiencia común. No partimos de un tratado, de una lectura; partimos de una pregunta sobre el presente - al mismo tiempo actual e inactual - sobre nuestra existencia, nuestro sentido en el mundo, sobre lo que nos espera a futuro y sobre como nos miramos con los ojos de quien ha preguntado antes que nosotros.
Hay una tradición que respalda esta intuición. Sócrates era un "loquíto" que importunaba a la gente en la calle; Hadot nos recuerda que la filosofía en sus albores fue un conjunto de ejercicios espirituales; para Foucault filosofía es actitud critica frente al "hic et nunc", Arendt defendió el pensar como ese detenerse que interrumpe la inercia del mundo. A esta herencia le sumamos algo urgente: vivimos en una cultura saturada de pantallas, ritmos acelerados y opiniones en forma de meme. Pensar hoy exige otra ecología de la atención.
¿Cómo quitarle la solemnidad a la filosofía?
La solemnidad en filosofía muchas veces ha sido sinónimo de autoridad: la pose del profesor, el lenguaje críptico, la cita en griego que pocos entienden. Y esa pose intimida. La solemnidad separa.
Quitarle la solemnidad a la filosofía es, en cierto sentido, quitarle la corbata. Devolverla al parque, a la mesa de un café, o incluso a las plazas virtuales donde pasamos horas. En un filoparche nadie siente que deba “ganarse” el derecho a opinar. No hay jerarquías ni temor a decir algo tonto. Es un espacio seguro y libre de juicios.
Pensar sin solemnidad significa relajar el pensamiento y, cuando el pensamiento se relaja, se abre a más personas. Se convierte en un diálogo generoso: no compite, no intimida, no excluye. También el cuerpo se relaja: en lugar de estar tensos como en un aula, estamos con una copa de vino en la mano, despreocupados. Y así nos preparamos para explorar sin prisa y sin censura.
El espacio influye mucho en la actitud y en la conducta porque manda un mensaje claro: aquí no vienes a impresionar ni a lucir inteligente, vienes a conversar, socializar y compartir sentires. He descubierto que cuando la filosofía sale del aula y se sienta en una manta de picnic o en un bar, la gente se atreve más. Ya no hay miedo a equivocarse ni presión por decir algo brillante. La risa o la pola compartida le devuelven a la filosofía lo que nunca debería perder: ser una búsqueda colectiva, una relación que se construye en el diálogo con el otro.
Quitarle la solemnidad a la filosofía también implica despojarla de su carácter esencialista, de esa visión ontológica que la concibe como “algo” fijo, una esencia o una posesión exclusiva de algunos. Esa visión es perjudicial porque niega la dimensión plural y compleja del pensamiento, establece criterios de legitimidad e ilegitimidad (cada vez que se decide qué es filosofía y qué no lo es), e invalida el trabajo de muchos, creando jerarquías y exclusiones. Es, en última instancia, una visión anti-inclusiva.
Es precisamente esa visión esencialista la que quiero cuestionar a través de los filoparches, replanteando una transformación radical del concepto de filosofía: un verdadero cambio de paradigma.
Pensar sin solemnidad es, en el fondo, un acto de libertad. No hay que pedir permiso para hacerse preguntas ni citar a Kant de memoria. Se trata de tomar lo cotidiano y descubrir cómo la filosofía habita en nuestra lengua, en nuestro presente, en lo que hacemos y en lo que dejamos de hacer. Pensar sin solemnidad es transformar conceptos abstractos en experiencias vividas, dejar que las ideas respiren en la calle y se mezclen con la vida común.
En ese sentido, quitarle la solemnidad a la filosofía es también un acto político: filosofar es posicionarse en el mundo, dejar de ser indiferente. Es quitarle lo elitista al pensamiento y descubrir que las ideas son un lugar donde cabemos todos, incluso quienes nunca nos sentimos invitados.
Pensar sin solemnidad no significa pensar sin rigor; significa pensar sin miedo. Abrir un espacio donde la filosofía esté reservada a cualquiera que sienta la picazón interior de una pregunta.
Por eso vale la pena insistir: quitarle la solemnidad a la filosofía es abrir la puerta de la accesibilidad. Muchas personas creen que la filosofía “no es para ellas” porque la han visto envuelta en un lenguaje difícil, en jerarquías y exámenes. Romper con esa solemnidad derrumba esas barreras y convierte a la filosofía en un espacio habitable: del enfrentamiento pasamos al juego colaborativo, de la lucha de egos a la construcción compartida.
Pero no solo se trata de accesibilidad. También se trata de creatividad: sin la presión de tener “la respuesta correcta”, la mente explora más caminos. Y se trata de conexión humana.
En resumen, quitarle la solemnidad a la filosofía es recuperar su espíritu originario: un espacio de conversación, de amistad, de dudas y de investigación común. Es abrir la filosofía a todas las voces, para recordarnos que filosofar no es un privilegio, sino una práctica humana compartida.
Este es el sueño de Filoparchar.




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