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¡Trabajadores digitales de todos los países, uníos!

La retórica neoliberal presenta a los repartidores en bicicleta de los servicios a domicilio empleados por plataformas digitales - como Rappi - como los nuevos emprendedores del mañana: eficientes, emprendedores, autónomos e independientes. La llamada realidad de la Gig economy, la economía de los trabajitos, del trabajo amistoso y sin compromiso del nuevo capitalismo digital, es en realidad muy diferente: explotación intensiva y extensiva, salarios de hambre, ningún derecho, precariedad, insubordinación y un patrón que tiene el rostro de un algoritmo, que dirige, distribuye y programa las entregas en el tiempo y en el espacio preestablecido, recompensa por rendimiento, da cuenta de la velocidad de entrega y dibuja un perfil del trabajador basado en la fidelidad y en la pertenencia.


La cuestión de los “destajistas digitales” representa un tema crucial: son estos trabajitos, los de los cargadores, de los programadores, del trabajo eventual en los transportes, en la limpieza y en los cuidados familiares, los que construyen el nuevo capitalismo de las plataformas, el sector de la distribución que está creando un ejército de nuevos pobres e inaugurando inéditas formas de servilismo. El enorme crecimiento de estas formas de trabajo forma parte de una transformación más grande que ve en el llamado trabajo atípico y precario, es decir, no asalariado, ni dependiente –es decir, independiente pero absolutamente subordinado, como diría Sergio Bologna–, el nuevo modelo actual del trabajo.


En varias manifestaciones y marchas se presentan con una máscara blanca para denunciar su invisibilidad; piden simplemente ser reconocidos como trabajadores para poder obtener un contrato regular, vacaciones y asistencia sanitaria.


De estos invisibles habla el libro de Roberto Ciccarelli, - Forza lavoro. Il lato oscuro della rivoluzione digitale, DeriveApprodi, 2018 - al que hay que reconocerle el gran mérito de mantener viva la atención sobre un tema tan crucial como a menudo removido: el trabajo en la época de su supuesta desaparición y de su infinita fuerza.

De manera esquizofrénica, de hecho, nota Ciccarelli, por un lado sufrimos una infinita producción de discursos en torno al trabajo, por otro, en cambio, está en curso una sistemática remoción de nuestra identidad de trabajadores. A ello contribuiría la actual revolución digital que lleva a cumplimiento la profecía de la llamada automatización total, del “auto-que-se-conduce-solo” en base a un algoritmo. Este mito es, en cambio, fruto de una precisa ideología que distópicamente predica la venida de una total sustitución –con la consiguiente desaparición– de la fuerza de trabajo por obra de las máquinas. Al contrario, hace notar Ciccarelli:


El trabajo no ha terminado. Solo ha terminado un modelo de trabajo asalariado retribuido mientras que el trabajo precario se multiplica también a través de la automatización, el trabajo temporal, el autoempleo, las apps, más allá del esquema predeterminado del contrato de trabajo. El destajo tecnológico, la tarea hipercontingentada y anónima, la prestación psico-física computarizada serán aplicadas a la fuerza de trabajo en el transcurso de la próxima generación (p. 49).


Somos nosotros mismos cómplices y víctimas de un gran proceso de mistificación; un ejemplo llamativo es Amazon Mechanical Turk, el servicio lanzado por Amazon en 2005 que agrupa a una multitud de trabajadores digitales –una “nube online”– que ejecuta una serie de microservicios digitales temporales y aleatorios. Ciccarelli los llama también clickworkers, aquellos que entrenan a los algoritmos a volverse inteligentes a través de la clasificación de datos, el reconocimiento de imágenes y sonidos, la capacidad de expresar opiniones, formular juicios, manifestar preferencias, interpretar gestualidades. En una palabra, estos (no) trabajadores ponen a trabajar su propia humanidad para enseñar a los robots a ser más humanos, inteligentes y precisos en reconocer y colocar bienes y servicios según el perfil del consumidor.


El nuevo turco mecánico, igual que aquel creado en 1769 para María Teresa de Austria, tiene el propósito de hacer creer que el ser humano es superfluo e inútil y, en cambio, creativo e inteligente el autómata: «parece que el trabajo se produce solo, las mercancías aparecen misteriosamente en nuestras casas, el dinero es la encarnación de la voluntad matemática de un algoritmo» (p. 9). Precisamente porque es ingenuo pensar que pueda existir una automatización independiente de la fuerza de trabajo, habría que hablar, con razón, de hibridación entre fuerza de trabajo y máquinas como resultado de la cooperación cada vez más intensa y refinada entre trabajadores organizados a través de los algoritmos «al punto que se puede imaginar un devenir máquina de la fuerza de trabajo y un devenir fuerza de trabajo de la máquina» (p. 33). Los trabajadores no son, por tanto, apéndices orgánicas de algoritmos, sino la condicio sine qua non que hace posible su operatividad.


La posición de Ciccarelli no es seguramente ludita: se trata, más bien, de discutir sobre el uso y sobre la propiedad de las plataformas y de los algoritmos, dado que la riqueza del capital proviene exactamente de la combinación entre estas y la fuerza de trabajo. Partiendo de la deconstrucción de esta ideología dominante, analizada desde el punto de vista digital, reemergerá, precisamente desde la perspectiva de su desaparición, la figura invisible y poderosa de la fuerza de trabajo. La parte central del texto se detiene, entonces, en una atenta reconstrucción de la categoría del trabajo, exclusivamente a partir de la «condición que lo hace posible, la fuerza de trabajo» (p. 9).


Concepto siempre antiguo y siempre nuevo, nuestro horizonte imprescindible, se define fuerza de trabajo al conjunto de actividades y disposiciones –intelectuales, prácticas, lingüísticas, corporales, psíquicas y cooperativas– que hacen viva la vida. La fuerza de trabajo «es la facultad de las facultades» (p. 84); tanto fuerza como potencia; corporeidad viviente en la específica acepción marxiana y al mismo tiempo posibilidad universal y común; tanto capacidad de trabajo que actualiza una potencia, como potencia intrínseca e inactuada en un sujeto determinado. Potencia siempre en obra gracias a la cual nosotros mismos estamos en vida. En esta definición en la encrucijada entre fuerza de trabajo de Marx y conatus de Spinoza, entre materialismo filosófico y ética spinozista, Ciccarelli busca la clave de una nueva perspectiva sintetizable en la pregunta: «¿qué puede una fuerza de trabajo?» (p. 195).


Rastrear la intuición de esta potencia materialista que nosotros mismos somos significa abrirse, más allá de la idea de un destino inevitable e inmóvil, a nuevas formas de posibilidad y evocar nuevos planos de lucha. En este sentido, este discurso se revela profundamente ético, en cuanto experimenta nuevas prácticas de «conductas alternativas que derivan de otra práctica de sí obtenida en la subjetivación dominante. Tal práctica responde a una ética y transforma las formas de vida a través de un uso diferente de la vida misma» (p. 194). Contra cualquier forma de utopía digital, catastrofismo o futurología que opta por un horizonte insuperable, nos encontramos, según Ciccarelli, en un umbral abierto por descubrir a través de la iniciativa política.


Si en El Quinto Estado, publicado por Ciccarelli junto a Giuseppe Allegri en 2013, eran las prácticas de asociacionismo o las redes de solidaridad mutualista, siguiendo el modelo del coworkingcommunity organizingcrowdfunding, el modo de transformar en un movimiento la ausencia de identidad política y sindical, la condición de insubordinación laboral y de apatridia social, en este nuevo ensayo el “periodismo filosófico” de Ciccarelli se dirige no tanto y no solo a reivindicaciones de tipo salarial. Esta fuerza de trabajo descuidada y chantajeable, privada de todos los derechos entre ellos el de la palabra, necesita una originaria reivindicación de existencia: «el disciplinamiento, la transfiguración y la remoción de la fuerza de trabajo –su invisibilización– son el resultado de una hegemonía cultural tan potente como para haber llevado a los mismos trabajadores a creer que son invisibles» (p. 10).


El solo hecho de existir debería convertirse en sinónimo de remuneración: esta es la tesis de Ciccarelli basada en la idea de que nuestra vida produce en cada instante valor para el Capital, en la medida en que somos constitutivamente y en cada instante una fuerza de trabajo, incluso cuando no trabajamos en el sentido tradicional de tener una ocupación o un contrato indefinido. Una renta básica, universal e incondicionada, desligada de la prestación laboral, representa una forma de recompensar la extrema productividad de la fuerza de trabajo contemporánea, en cuanto potencia vital siempre en obra y puesta directa o indirectamente en valor. La renta universal sería, entonces, un reconocimiento de este valor que, independientemente de las condiciones de relación laboral tradicional, es extraído y valorizado por las plataformas digitales las 24 horas del día. Son las plataformas las que ponen a trabajar la vida fuera de la relación laboral, haciéndonos trabajar incluso allí donde esto no comporte un esfuerzo físico o mental: «el entusiasmo compulsivo generado por el uso de la plataforma lleva a los usuarios a convertirse en involuntarios sostenedores del nuevo imperativo: el trabajo no pagado es una actividad natural, inevitable e incluso gratificante» (p. 59).


Lejos de ser una limosna contra la pobreza, esta solución resolvería el problema oneroso de medir el tiempo y el valor de esta producción inmaterial y sin embargo real que nos pertenece con independencia de nuestra profesión, empleo o condición. Es evidente, en este sentido, el caso de Facebook, citado en el libro, cuyo beneficio se basa en la apropiación inconsciente del valor-información producido por nuestro entretenimiento digital. Cualquier opinión, like, y perfil personal constituye no solo una cantidad de datos reelaborados y revendidos para uso de la oferta publicitaria, sino sobre todo una cantidad de tiempo de (fuerza de) trabajo no pagado. La heterogeneidad y la fragmentariedad de las formas de trabajo implican una heterogeneidad de las instancias contractuales resolvible solo mediante el logro de una propuesta política que ve en el reconocimiento de una condición común, la de la fuerza de trabajo, el nacimiento de una conciencia común.

La conciencia de ser, más que de tener, una fuerza de trabajo.

 

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