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podemos ser estoicos?

Del cosmos estoico a la autoayuda moderna

El estoicismo, filosofía grecorromana, ha vivido un inesperado renacimiento en la cultura popular.

Hoy aparece en libros de autoayuda, blogs de productividad, cursos de mindfulness y sesiones de coaching. Gurús contemporáneos recomiendan “pensar como un estoico” para manejar el estrés laboral, aumentar la resiliencia o mejorar el rendimiento personal.

Sin embargo, esta resignificación moderna del estoicismo suele desconectarlo de su contexto original. Por un lado podemos estar de acuerdo con la idea de la universalidad del pensamiento cuyos conceptos pueden transitar los siglos sin embargo es obligatorio no olvidarse del contexto histórico en el que esas ideas se desarrollaron.

Las ideas no se pueden abstraer del contexto.

No es tanto una cuestión de legitimidad sino más bien de neutralización, de depuración de estos conceptos de todo los aspectos mas espinosos y políticos.

En la Antigüedad, el estoicismo era mucho más que técnicas sueltas: constituía un sistema filosófico integral (lógica, física y ética) sostenido por una cosmología racional y una visión del individuo como parte de un orden natural y social más amplio.

Los estoicos clásicos (Zenón, Crisipo, Epicteto, Marco Aurelio, entre otros) concebían la filosofía como un “arte de vivir” coherente con el logos universal que permea el cosmos y une a todos los seres racionales. El fin último no era la “productividad” ni el éxito individual, sino la virtud y la sabiduría, viviendo conforme a la naturaleza y en armonía con la comunidad humana (el cosmopolitismo estoico).

La riqueza del estoicismo original residía en su cosmovisión unificada, su énfasis en la interdependencia social y su crítica a la búsqueda irreflexiva del éxito individual.

En contraste, el neo-estoicismo popular del siglo XXI suele aislar las enseñanzas prácticas de ese trasfondo cosmológico e histórico. Se extraen selectivamente consejos de los textos estoicos (por ejemplo, “concéntrate solo en lo que puedes controlar” de Epicteto) y se descarta el marco teórico que les daba sentido.

Al fragmentar el estoicismo clásico y olvidar la unión entre su lógica, física y ética, se genera un “pseudoestoicismo” simplificado que responde principalmente a las demandas del capitalismo tardío y la cultura de la autoayuda.

Esta versión diluida presenta al estoicismo casi como recetario de auto mejoramiento personal, desvinculado de la visión del logos y del bien común original. En lugar de una filosofía integral, queda “un conjunto de técnicas de autoayuda y productividad”.

Por ejemplo, se promueven prácticas como la meditación diaria, la visualización de dificultades (premeditatio malorum) o el registro de gratitud, vendidas como herramientas para optimizar el desempeño personal, manejadas fuera del contexto ético-cosmológico estoico.

Incluso se ofrecen consejos de time management supuestamente “estoicos” —como el ayuno intermitente o no revisar el correo por la mañana— que ningún filósofo antiguo se habría planteado, pero que hoy se visten con halo clásico para ganar autoridad.

En resumen, el estoicismo se ha modernizado a la carta, convirtiéndose a menudo en un producto motivacional: se citan máximas de Marco Aurelio o Séneca como eslóganes inspiradores, mientras se omiten las bases metafísicas y comunitarias de su pensamiento.


Optimización personal y lógicas neoliberales

Esta descontextualización del estoicismo no es neutra: tiende a convertir la filosofía en una herramienta funcional al neoliberalismo. Al prescindir de la cosmología estoica (ese orden racional y natural que conectaba al individuo con el cosmos) y del sentido colectivo original, el nuevo estoicismo encaja perfectamente con una cultura que hiper-responsabiliza al individuo.

En la ética neoliberal, cada persona es concebida como un “emprendedor de sí mismo”, completamente responsable de su destino, éxito o fracaso. No sorprende entonces que el estoicismo adaptado se enfoque en la auto-optimización, la autorregulación emocional y la aceptación acrítica de las circunstancias. Sin la idea de un orden cósmico justo o de un propósito común, “ser estoico” se reduce a tolerar estoicamente la precariedad del presente y ajustar la propia actitud para seguir rindiendo.

Como indican los críticos, esta adaptación contemporánea legitima y refuerza valores neoliberales de auto-responsabilidad, productividad individual, e incluso fomenta cierta autoexplotación, todo ello usando preceptos estoicos deformados. En la práctica, el discurso empresarial ha abrazado este estoicismo instrumental como parte de su ideología de gestión.

Filósofos contemporáneos como Dardot y Laval o Boltanski y Chiapello, han observado una “deriva espiritual” del management, que ha incorporado con coherencia el paradigma del cuidado de sí propio de filosofías como la estoica. Es decir, las empresas promueven entre sus empleados la meditación mindfulness, la resiliencia y el autocontrol estoico como medios para gestionar el estrés y mantener la productividad. 

¿Estás abrumado por la carga de trabajo? Practica la imperturbabilidad estoica y sigue adelante.

¿Sufres inestabilidad laboral? Adopta una actitud de aceptación, “lo que no depende de ti no debe afectarte”.  

Estos mensajes, presentados como sabiduría intemporal, encajan con la lógica neoliberal que traslada la solución de los problemas estructurales al terreno individual: si sientes ansiedad, sé más fuerte mentalmente; si fracasas, es cuestión de ajustar tu mentalidad.  

En palabras de Foucault el poder actual opera incitando al auto-gobierno: el individuo se vigila y mejora a sí mismo, volviéndose simultáneamente objeto y agente de control. Dentro de este marco, el neoestoicismo actúa como disciplina subjetiva: enseña a los sujetos a autocontrolarse y adaptarse, en lugar de cuestionar las condiciones que les generan malestar.

Son por lo menos tres los ámbitos en que se instrumentaliza el estoicismo bajo lógicas contemporáneas:

  • Productividad laboral: se transforma la disciplina estoica en técnicas de gestión del tiempo y del desempeño. El autocontrol clásico sobre los deseos deviene autocontrol para optimizar la eficiencia profesional, y la aceptación estoica del destino se reinterpreta como gestión del estrés laboral. El resultado es un trabajador estoico que aguanta sin quejarse y “sigue adelante” pese a la sobrecarga o la incertidumbre contractual.

  • Bienestar psicológico individual: se reduce la rica ética estoica a pautas de auto-regulación emocional y la física (su comprensión de la naturaleza) a ejercicios de mindfulness desprovistos de la noción de un universo con sentido. La máxima “no son los eventos los que te perturban, sino tu opinión sobre ellos” –válida en terapia cognitiva– se usa como mantra para que el individuo reevalúe sus pensamientos negativos, cultivando así la resiliencia personal. Esto puede ayudar a sobrellevar ansiedades, pero al mismo tiempo privatiza el sufrimiento, como si toda aflicción fuera asunto de percepciones individuales y no hubiera causas sociales que abordar.

  • Éxito y motivación personal: se traduce la virtud estoica en métricas de logro individual y superación competitiva. La sabiduría deja de ser ideal filosófico para convertirse en “mentalidad ganadora”. Incluso el cosmopolitismo estoico, que antaño implicaba deberes hacia la comunidad humana universal, se banaliza como mera estrategia de networking o construcción de redes de contactos. La proverbial resiliencia estoica –la capacidad de resistir infortunios– se promociona como técnica para “sobreponerse” y triunfar a nivel personal, perfectamente alineada con la obsesión neoliberal por el rendimiento y la autoeficacia.

En definitiva, despojado de su contenido filosófico más profundo, el estoicismo contemporáneo se pliega a la lógica del rendimiento. El neo-estoicismo actual está moldeado por marcos ideológicos como la terapia, el emprendedurismo, el individualismo narcisista y el productivismo. Todo ello convierte al sujeto en un proyecto individual a optimizar constantemente, eclipsando cualquier análisis de las estructuras sociales.

Esta visión deshistoriza y despolitiza al individuo: los problemas colectivos (precariedad, desigualdad, estrés sistémico) se redefinen como deficiencias o retos personales que cada uno debe gestionar. La consecuencia es un sujeto adaptado pero políticamente inerte.

En lugar de impulsar al individuo a cuestionar las fuentes de su ansiedad o injusticia, se le insta a trabajar en sí mismo y aceptar lo que venga con tranquilidad. El peligro de fondo es que este mensaje encubre una sumisión pasiva al estado de cosas presente: se celebra la serenidad individual mientras se toleran las condiciones que la hacen necesaria.


Los gurús estoicos

Buena parte de la popularidad actual del estoicismo se debe a figuras mediáticas que lo promocionan como filosofía práctica para la vida moderna. Un ejemplo emblemático es Ryan Holiday, autor de superventas como The Obstacle Is The Way y The Daily Stoic, quien ha construido un imperio editorial divulgando máximas estoicas simplificadas para emprendedores, deportistas y público general. Holiday y otros divulgadores presentan el estoicismo como una receta de éxito personal: enseñan a perseverar, ignorar las adversidades externas y “controlar lo controlable”. Sin duda, han logrado acercar las ideas estoicas a millones de lectores; pero su enfoque recibe fuertes críticas desde la academia y la filosofía. Se les reprocha convertir una escuela filosófica compleja en una versión edulcorada de autoayuda, eliminando cualquier elemento incómodo o contra-cultural.

En efecto, muchos de estos libros son esencialmente manuales de auto-superación salpicados de citas estoicas fuera de contexto.Ryan Holiday en particular ha sido señalado por distorsionar el espíritu estoico. Su interpretación insiste en que lo que te ocurra externamente da igual; todo depende de tu actitud interna. Ha llegado a afirmar –parafraseando a los antiguos– que da lo mismo ser un rey o un esclavo, libre o preso, pues los desafíos básicos son los mismos. Esta afirmación, que Holiday toma como lección motivacional, pasa por alto las diferencias materiales y de poder que existen en la realidad.

Como señala Anna Schriefl, académica especializada en estoicismo, Holiday incurre en una misinterpretación: si bien los estoicos decían que incluso en una cárcel uno puede conservar la virtud, eso no implica que debamos ignorar las injusticias del mundo. De hecho, en la Antigüedad tardía varios estoicos fueron críticos del poder y participaron en resistencias políticas (por ejemplo, oposición a los emperadores tiránicos como Nerón o Domiciano). El propio pensamiento estoico sostenía que era deber del sabio denunciar las condiciones socioeconómicas injustas y vivir de acuerdo con la virtud, lo que podía significar enfrentarse al orden establecido en nombre de la justicia.

Por tanto, adoptar una pose estoica no debería equivaler a aceptar ciegamente las relaciones de poder vigentes ni a renunciar a cambiarlas.La paradoja del estoicismo neoliberal es que alienta al individuo a soportar inmutablemente dificultades que quizá tenga el poder (colectivo) de modificar.

Por ejemplo, en lugar de cuestionar horarios de trabajo agotadores o salarios insuficientes, el empleado estoico moderno intentará ajustar su mente para no estresarse y seguirá cumpliendo objetivos. En vez de protestar por la precariedad, se repetirá que las condiciones externas no deben alterarle. Esta actitud, promovida como virtud, en realidad beneficia al statu quo: empresas y estructuras sociales obtienen personas dóciles, resilientes a la frustración e hiperproductivas, que difícilmente desafiarán las normas dadas.

El sujeto resulta despolitizado, encapsulado en su esfuerzo de auto-mejora. Como advierte una tesis reciente, estas corrientes de coaching y autoayuda trivializan conceptos filosóficos complejos y contribuyen a reproducir la ideología de auto-optimización neoliberal.

Al final, el riesgo es que bajo la retórica del “empoderamiento personal” se oculte una nueva servidumbre voluntaria: la persona se adapta alegremente a exigencias injustas creyendo estar alcanzando sabiduría o “haciendo lo correcto” al estilo estoico.

Asimismo, la eficacia real de este estoicismo light tiene límites. Si bien practicar la atención plena, la moderación o la reflexión estoica puede mejorar el carácter individual y ofrecer alivio psicológico, no resuelve por sí mismo los problemas estructurales. Por muy ecuánime que sea nuestra actitud, seguirán existiendo la pobreza, la explotación laboral o la incertidumbre económica. Atribuir el éxito únicamente al esfuerzo y temple personales ignora factores sociales determinantes.

Esto puede generar incluso culpa o estrés adicional: si a pesar de tu mentalidad estoica no “triunfas”, la lógica neoliberal te hará pensar que fallaste , no que las circunstancias fueran adversas. De este modo, la narrativa estoica mal entendida puede desembocar en una forma de “culpabilización de la víctima” (quien sufre es porque no ha cultivado suficiente resiliencia).

Además, algunos casos evidencian la superficialidad de este enfoque: se suele citar el ejemplo de Elizabeth Holmes, la empresaria que se proclamaba seguidora de Marco Aurelio llevando siempre consigo sus Meditaciones, mientras dirigía prácticas fraudulentas en su compañía. Su caso ilustra cómo apropriarse de la imagen estoica sirvió más para autopromoción que para guiar su conducta ética, resultando en un contrasentido total respecto a la virtud estoica genuina.

Ejemplos así muestran que memorizar aforismos de los sabios no garantiza sabiduría ni integridad si se ignora el trasfondo moral profundo.Por otro lado, no todo intento de actualizar el estoicismo está condenado al cinismo neoliberal. Algunos defensores argumentan que ciertas técnicas estoicas (p. ej., su terapia de las pasiones o ejercicios de atención) pueden usarse honestamente para el crecimiento personal sin necesidad de asumir la cosmología antigua completa.

De hecho, la filosofía estoica siempre tuvo un costado práctico valioso: nos enseña a distinguir lo que depende de nosotros de lo que no, a cultivar la templanza, la valentía, la justicia y la sabiduría en la vida cotidiana. Estos ideales siguen siendo relevantes y pueden ofrecer orientación en medio del ritmo caótico actual. 

El problema, como hemos visto, es cuando se vacía la filosofía de su contexto y se la pone al servicio de fines estrechos (la productividad, la eficacia individual) en lugar de la transformación profunda del carácter y de la sociedad.

La popularidad contemporánea del estoicismo presenta así una lección ambivalente: por un lado, muestra un anhelo general por orientaciones éticas en tiempos inciertos; pero por otro, evidencia la facilidad con que incluso las doctrinas de virtud pueden ser cooptadas por la ideología dominante y reducidas a «mercancía espiritual».


Podemos ser estoicos?

No.

La moda del estoicismo en el siglo XXI refleja tanto nuestras necesidades personales como las tensiones de nuestro entorno socioeconómico. Frente a la ansiedad crónica, la sobrestimulación y la precariedad laboral características del neoliberalismo, muchos buscan en los sabios estoicos respuestas para hallar calma y fortaleza interior. Y ciertamente, el legado estoico ofrece herramientas útiles para reflexionar sobre nuestras emociones y actitudes. 

No obstante, una adopción acrítica y descontextualizada del estoicismo corre el riesgo de convertirlo en un parche ideológico: un mecanismo de adaptación que perpetúa el orden existente. Al despojar al estoicismo de su logos cósmico y de su llamado al bien común, se le priva de aquello que podía hacerlo transformador y crítico. Lo que queda es una versión dócil, perfectamente compatible con el individuo competitivo e hiperadaptable que demanda el neoliberalismo contemporáneo. Recuperar el auténtico espíritu estoico implicaría recontextualizar sus enseñanzas: entender que los sabios del pórtico nos invitan a cultivar la virtud en conexión con el orden natural y la comunidad, y que ser filósofo estoico no es solo imperturbabilidad individual, sino también rectitud moral y responsabilidad hacia los demás. Significaría recordar que la serenidad estoica no equivale a la indiferencia ante la injusticia, y que aceptar lo que no podemos cambiar no exime de intentar cambiar aquello que no debemos aceptar. Solo así la antigua filosofía del logos podría dialogar con las preocupaciones contemporáneas sin sacrificar su complejidad ni su potencia ética.

En última instancia, el desafío es evitar que el estoicismo se trivialice como una mera táctica de supervivencia personal y rescatarlo como lo que fue originalmente: un camino exigente de sabiduría, inseparable de una visión del mundo y de la virtud al servicio de la humanidad.

Como mostraron Hadot y Foucault descontextualizar las prácticas filosóficas antiguas puede neutralizar sus elementos más subversivos y acomodarlas sin fricción a las narrativas dominantes de nuestra época.

El caso del neo-estoicismo lo demuestra: una filosofía nacida para forjar espíritus libres puede, si se tergiversa, terminar forjando espíritus dóciles. Lo que necesitamos hoy no es “ser más estoicos”, sin  replantear radicalmente nuestras prácticas de libertad.

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